14 de abril de 2013

De bulimias

Vomitar es una forma más de no enfrentarse a la realidad
cuando la realidad sube a 47º por gota en sangre
y ninguno se refiere a la temperatura de mis ingles.

Y yo, que solo puedo vomitarte en un papel,
me bebo de un trago las ganas
para quitarme la acidez del esófago,
y dejo que tu utopía me arda en las venas,
como me arde tu olor en los pulmones
cada vez que no te respiro.

-Yo no quise follar, sino hacer el amor-
Yo me conformo con cualquiera de ambas,
si así consigo que vomites mi nombre.

1 de marzo de 2013

Y antes, dos besos de saludo

Luz tenue, sepia.
Dos vasos de whisky vacíos en la mesita de cama de un dormitorio con poca decoración.
Los hielos aún vivos, descansando en una aguarchada base de restos de alcohol. Los grados en sangre justos para que la amistad no se vista de conciencia y cobre peaje en la autopista a la lujuria.
Y empieza con impaciencia el juego de imprudencias. Empieza con lo que un jurado objetivo llamaría beso. Y vaya si continúa.
Qué le importa al tiempo lo que nos dure la noche, si yo solo quiero desvestirte los años, desorientarte la gravedad, mezclarme con tu oxigeno y que se te clave el aire en los pulmones.
Y dejar aquí la historia, porque darle fin iba a ser proclamar ganador al tiempo; y a este deseo, no le gana en eterno.

28 de diciembre de 2012

Por qué una mujer

Él tenía síndrome de diógenes, y ella llevaba puesta la etiqueta de diamante de coleccionista en la frente. Llevaba el antifaz de la inocencia en la sonrisa, y cuarenta dagas en la liga roja de la pierna derecha, que era la que no enseñaba hasta tener un corazón abierto en canal en sus sábanas de franela.

La quiso tanto, que le puso su nombre al silencio, para poder escuchar lo que le susurraba cuando se escapaba de sus brazos. Tanto la quiso, que la vida sin ella le parecía de una arquitectura tan pobre como las chabolas de los tempranos barrios de Brooklyn; cuando enfocarle directamente las negras pupilas era lo más parecido en riesgo a pasear por Brooklyn con prendas de etiqueta y la cartera al descubierto. Pero nunca tanto como escalarle la pierna derecha.

A veces, mientras la besaba, se daba cuenta de que se había olvidado de respirar. Como si, sin quererlo, hubiese confundido la primordialidad de ambas acciones.

Le parecía una mujer tan llena, que a pesar de ingeniárselas para abrazarla cubriendo cada centímetro cuadrado de su piel, él sentía que aún la derrochaba, como si ella fuese humo, y sus brazos la intentasen devolver a la colilla.

La sentía tan bonita, que cada mañana ponía la alarma del despertador con antelación, y se le quedaba mirando horas mientras dormía desnuda. Y él quiso ser la almohada, para que le compartiese sus sueños mientras le abrazaba; y quiso ser el sol, para colarse por la persiana y lamerla de abajo a arriba, una vez más.

Y le era tan perfecta, y le estaba hecha tan a medida, que si ella no hubiese decidido enmudecer como una puta en respuesta a los muchos 'te quiero' que él le regalaba; no la habría querido tanto.